La inflación mundial, que había retrocedido a niveles cercanos al 2% tras el pico de más del 10% en 2022, enfrenta un nuevo riesgo por el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán, que alteró los mercados energéticos y disparó el precio del petróleo hasta cerca de los 100 dólares por barril.
El encarecimiento de la energía ya impacta en el costo de vida y podría seguir presionando los precios. Analistas estiman que cada aumento sostenido de 10 dólares en el crudo suma entre 0,3 y 0,4 puntos a la inflación. Si el petróleo se mantiene en torno a los 100 dólares, la inflación en países de la OCDE podría superar el 4%, y escalar al 5-6% si alcanza los 140 dólares.
Aunque por ahora el escenario base no anticipa una recesión global, un salto más brusco en los precios energéticos podría frenar la actividad económica, reducir márgenes empresariales y afectar el consumo. Sin embargo, a diferencia de crisis anteriores, la economía global llega con mayor solidez, con crecimiento de salarios reales y ganancias corporativas.
Los mercados muestran más preocupación por la inflación que por una recesión. Indicadores en tiempo real ya reflejan un repunte inflacionario impulsado principalmente por el aumento del precio de la energía, especialmente los combustibles.
En este contexto, los bancos centrales podrían tener menos margen de acción que en 2022 para contener la suba de precios, mientras crece la posibilidad de que los gobiernos deban intervenir nuevamente con subsidios, lo que implicaría mayores costos fiscales.
Así, la principal consecuencia económica del conflicto en Medio Oriente podría ser un nuevo ciclo de inflación elevada y presión sobre las finanzas públicas a nivel global.


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