El Gobierno nacional profundizó su política de ajuste fiscal durante el mes de agosto, registrando una reducción real del 8% en el gasto público. Esta nueva fase del estricto ordenamiento económico tuvo como principal variable de recorte a las provincias, que sufrieron una drástica disminución en las transferencias de fondos provenientes de la administración central.
La contracción del gasto refleja el objetivo innegociable del Poder Ejecutivo de sostener el superávit y equilibrar las cuentas del Estado. Sin embargo, la fuerte quita de recursos a las jurisdicciones del interior mantiene en alerta a los gobernadores, quienes advierten sobre el impacto directo que esta medida genera en la sostenibilidad de las finanzas locales, la ejecución de obra pública y la prestación de servicios esenciales en sus territorios.
De acuerdo con el balance fiscal, el achique del 8% se explica en gran medida por la paralización de los envíos discrecionales y la reestructuración de partidas que históricamente se destinaban a las administraciones provinciales. Mientras el equipo económico celebra la consolidación del ancla fiscal como una señal de confianza para los mercados y una herramienta clave para contener la inflación, las provincias se ven obligadas a reacomodar de urgencia sus propios presupuestos ante este escenario de marcada austeridad.


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