El Gobierno nacional destacó en los últimos días un pico histórico en los niveles de consumo privado, presentándolo como un síntoma innegable de reactivación económica. Sin embargo, este entusiasmo macroeconómico choca de frente con la realidad diaria de los comercios de barrio y los consumidores, quienes aseguran no percibir este supuesto auge en sus bolsillos ni en el movimiento comercial cotidiano.
La brecha entre las planillas oficiales y la calle tiene una explicación técnica y sectorial clara. Según advierten los analistas económicos, el índice de consumo general se encuentra traccionado casi exclusivamente por los sectores de mayores ingresos y por rubros muy específicos, como la compra de bienes durables, el sector automotriz y los servicios de alta gama. En contraste, el consumo masivo de primera necesidad —el termómetro real de la economía doméstica— continúa estancado y, en algunos rubros alimenticios, reporta caídas interanuales.
Esta disparidad genera un espejismo en los números agregados del INDEC y del Ministerio de Economía. Mientras el volumen total del gasto muestra un crecimiento estadístico, el poder adquisitivo del salario promedio sigue severamente rezagado frente al costo de vida. En la práctica, esto significa que, aunque la torta del consumo global crezca, la porción que llega a las familias de ingresos medios y bajos es insuficiente, obligándolas a migrar hacia segundas marcas o recortar gastos básicos.
El fenómeno plantea un desafío político y económico inmediato para la administración actual. Mientras la recuperación no logre capilaridad y se mantenga concentrada en la cúpula de la pirámide de ingresos, el relato oficial sobre el crecimiento macroeconómico continuará encontrando un fuerte escepticismo en los mostradores, evidenciando que los récords estadísticos aún están lejos de transformarse en bienestar tangible para la mayoría de la población.


Deja un comentario